Madre mía
Eras la luz del nuevo día, el aroma
de cada amanecer, tus caricias
suaves como el terciopelo,
me arrullaban en el anochecer.
Eras el sol brillante de cada día,
en tus ojos me miraba yo,
tu canto matinal como el de un pájaro
me alegraba el corazón.
Eras la flor de penetrante fragancia,
me sentía contagiada con tu esplendor,
tus pétalos eras los brazos de los
que recibía tu inmenso calor.
A lo lejos me parece escucharte
más no tengo ni tu perfume ni tu amor
y, sólo cada mañana, el cantar de los pájaros,
reemplazan tu dulce voz.
Teodora León Salmón
D.R.
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