Disertación sobre la novela Hechos de Guerra de María Bonilla en la presentación del libro. 2017

 

María Bonilla quizá se propuso hacer un canto, un canto épico lírico, o quizá se propuso contar una historia, metaforizar un relato, brindar un homenaje quizá, escribir una novela, ser la rapsoda de su tiempo. Ella quiso dejar sus palabras para que se imprimieran al término de un pasaje más de su autoficción, su necesidad de contarse y contar y cantar y elevar una plegaria, sin saber hacia dónde, y fundar una reflexión. Hacer una denuncia. Retratar una verdad, dolorosa, pero humana. Sobre nosotros, los seres humanos que viajamos con ella sobre este planeta. Algunos, porque no todos los que se llaman humanos, lo son. Y ella lo sabe bien. Quiso erigir la paz, quizá entre todos nosotros, quienes hemos asistido a esta época de sangre y guerras y dictaduras. Ella quizá quiso todas esas cosas. Al final, debo decirle, hizo todo eso y más…

Ya he estado con María en otros de sus libros, en otras de sus auto-ficciones o poemas en prosa. Como en Augustine, mi otra ficción, que quiso hablar de la falsa locura endilgada a las mujeres, o en La actriz que buscando un papel de Sueño de una noche de verano, se encontró a sí misma en los zaguanes de su soledad, o en esa Mujer después de la ventana que salió a recorrer un  camino, como ella lo dice, desde el tópico, a buscar su destino. Pero el destino siempre nos encuentra, aunque sea  accidentalmente.

Esta vez, María está en el andén esperando su muerto, un muerto producto de hecho de guerra, y de paso está esperando a Federico García Lorca, a quien también ha amado, y a Agustín, que fue a buscar a ese otro gran muerto que nos duele a la humanidad, al poeta andaluz, quizá para encontrar su propia muerte por hecho de guerra. Ni María ni nosotros encontramos la vida, sino la sobrevivencia, no nos hemos quitado de propia mano nuestra vida. Al menos, todavía no. Ya una vez con las cigüeñas fue a buscar caminos y a probar platillos deliciosos, algunos tan distantes, y de paso nos fue legando esos instantes de su propio recorrido.

Pero no, María no nos relata una historia, ella hace trazos en el aire o el papel, ella pega papelitos en las paredes o los libros, ella teje o atraviesa con su aguja las páginas, ella deja una gota de sangre en el revés de su dolor, ella nos hace que duela la corbata o la comida, la oración y el amén, la mirada y la escucha pertinaz de unas palabras…Ella hace teatro cuando nos quiere hablar de su vida, igual, hace literatura cuando se fragmenta en el mundo que presencia y vive y delata. Ella es la Penélope, una de las tantas Marías, y platica con Marta Osorio, con Margarita, con amigas que intuimos están ahí, como parte de esta historia, o de este largo prosema. Ella busca ser, una metáfora, un palimpsesto, una hipérbole, algo que la identifique…Y al final estamos los lectores tan en ella como aquellos que no podemos olvidar, que quedamos marcados, caínicos doblados.

Sí, esta es una compilación fragmentaria de una espera. Tiene su método, es decir, su orden, en la adversidad. Hay fragmentos para la reflexión, para el relato de una espera que se trueca por recuerdos. Hay fragmentos para decirnos desde sus punto de cruz lo que está trabajando desde cada reflexión. Trabajar sobre el nombre...sobre  el sentido de estar vivo...sobre la conciencia…sobre mis lágrimas...sobre su muerte, la de él...sobre mi cordura...en fin, mientras se piensa y se atropellan los recuerdos, se está trabajando en algo…nos estamos curando. De ahí tantas oraciones como remedios para cada situación. Un buen compendio se fragmenta en la tradición religiosa. También hay una página repetida para dar un símil: algo del tiempo o alguna abstracción como el amor con algo concreto que es a su vez simbólico. El año como un río revuelto…El amor como una estación de tren que ya partió…

Y todo ese estar en el andén esperando al propio muerto producto de un hecho de guerra, nos remite a Lorca, cuya muerte así se justificó cuando se supone aún no había guerra, al menos declarada. Y entonces percibimos que siempre nos hemos estado matando y justificando, masacrando en pro de una idea, la democracia, la religión, Dios, la verdad, la justicia, la empresa privada, la paz. Es que podemos construir la paz sobre tanto muerto, producido por hechos de guerra, incluso cuando no hay guerra. Entonces, nos asalta esta reflexión, vivimos en la guerra siempre. Si vamos al deporte la metáfora es con hechos de guerra. Si vamos a la vida, vamos con canciones de guerra.

Sí, hay una historia, la autoficción de una espera interminable, que no acaba nunca en este libro y continúa luego de cerrarse.  Hay una historia repetida, la de Lorca, la de Hernández, la de miles más, la de las dictaduras, la de la guerra, la del niño que murió con la mejilla como auscultando adonde el mar deja sus últimos dedos en la arena, remitiéndonos a una imagen tan cercana.

La del propio muerto por hechos de guerra. Sí, hay una página repetida para darnos unos intertextos, qué decir, unos textos claros: aquí transcurren grandes hombres y mujeres: Lao Tse, Frida Khalo, Malraux, Arciniegas, Gabriela Mistral, Maruja Mallo, Bob Dylan, Woody Allen, Sor Juana, Antonio Gala, Simone de Beauvoir, Bertold Brecht, Mahama Ghandi, y tantos otros, palabras intensas, redondas, ¿Acaso inservibles ante la guerra?

Y también hay una página repetida para darnos datos y fechas. Y así se va dando este libro anovelado, apoemado, canto y relato, fragmentando no la realidad, sino las realidades…de las que quizá algún día espera la humanidad despertar. Así el siglo XX se resume en dos personajes: Lorca y Agustín Penón. Y el advenimiento del nuevo siglo en dos más: Marta Osorio que debe escribir su libro basado en la investigación de Agustín, y el yo lírico o narrativo, la que se narra a sí misma, la que se autoficciona, una María más en el calvario de la vida, esperando a su muerto por hecho de guerra en un andén al que siempre ha de volver, al que siempre volveremos, aunque sea en un país extraño que poco conocemos.

Pero también hay un Él. Unos Él. Lorca, Agustín, el propio muerto por hecho de guerra, personaje silencioso que en sus cartas nunca da ambientación alguna, es que no sabía soñar los colores, ni los olores, ni los sonidos…Pero ahora ya no viaja en su ataúd en espera de su sobreviviente. Ya no sabemos si los ángeles o los antepasados vinieron por él. Quizá quedó esperando a otros para irse con ellos.

Aquí estamos…”no nos vayan a ver dejado solos”- dijo Vallejo.

María…aquí estamos…todavía no hemos aprendido a orar. Después de leer a María, no es que pasamos por una historia como en Cien Años de Soledad, es que pasamos por la soledad de cien años estableciendo nuestros propios amores y lo que queda es ese pasmo de que habla la filósofa  María Zambrano:  “ese temblor que queda tras de todo buen poema y esa perspectiva ilimitada, estela que deja toda poesía tras de sí y que nos lleva tras ella; ese espacio abierto que rodea toda poesía”. Y por eso, al decir de esta gran filósofa española  de la poética: María se salva por la palabra, por tanta palabra que intenta, aunque no pueda decirlas todas, y nos deje muchos silencios que aún debemos compartir, como en las oraciones. Por eso inicié diciendo que María quiso proponer un canto, una novela, como rapsoda de su época. Gloria M. Comesaña-Santalices nos dice hablando de esta otra María, la teórica clarificadora de la poética: “Hay efectivamente un ámbito, nos dice María Zambrano, en el cual la poesía se salva, un ámbito en el cual, la caridad de la que ella hace constantemente gala, resbala también sobre ella en prodigiosa donación”. Lo cual aplica para nuestra María, escritora y actriz, productora y directora teatral.

Leer a María Bonilla debería ser una obligación, no una lectura obligada, sino una obligación para ver si acaso empezamos a comprendernos, para recibir esos dones y aprender de la caridad del texto comprometido con la vida y la paz.

Hace un tiempo, allá en España, unos clamaban por desenterrar los huesos del poeta, estaban en una fosa común revueltos con otros muertos anónimos, producidos por un hecho de guerra, cuando se suponía, todavía no había guerra. Otros clamaban por que se dejaran las cosas tal cual.

Y quizá por coincidencia temática, yo empecé entonces a escribir un largo poema que aún no concluyo sobre los huesos de los poetas muertos…, y como María, aún no acabo esas palabras, y esos fragmentos aún me están punzando. Todo empezó por Federico. Pero en realidad, ya hace mucho se había iniciado todo. Ahora, cómo podemos hacer que la guerra muera.

Si al menos, bastaran las palabras.

(Disertación en la presentación del libro “hechos de guerra”, publicado por la Editorial Mirambell S.A. durante su presentación el jueves 24 de setiembre, en el Auditorio del Museo Calderón Guardia, en el marco de la XVI Feria Internacional del Libro, donde también participaron Teresita Mirambell, en representación de la editorial, Monthia Sancho, poeta, Silvia Arce, actriz, directora y dramaturga, alumna de la autora, y además María Bonilla como conductora del evento que exhibió bellas diapositivas creadas para sus textos que ella misma grabó en una bella presentación visual).

 En la segunda foto, Ronald Bonilla acompañado de las escritoras Laura Gómez, María Bonilla, Arabella Salaverry y Magda Zavala.

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