No era un barco de gran calado, aunque tampoco de cortas dimensiones. Tampoco era estrictamente un carguero, aunque a veces transportase fardos anónimos. Su tripulación variaba según el itinerario, y era recibido en un centenar de puertos, aunque en muchos su amarre estaba prohibido.
No había llegado a todos los rincones del mundo, pero los siete mares lo conocían. Tanto en proa como en popa, flameaban idénticas banderas rojas, y un hermoso mascarón con la silueta de una sirena blanca era su signo de presencia.
Un halo de misterio lo cubría como una nube protectora. Y fue ese misterio lo que atrajo a Patricia hasta el muelle abandonado de Puerto Sombrío, un lugar que solo aparecía en los mapas más antiguos y que el barco, La Esfinge, visitaba una vez cada siete años.
El viento soplaba frío, arremolinando la niebla que se aferraba a los muelles podridos. Patricia, enfundada en una gabardina raída y con el cuaderno de bitácora de su abuelo, observó cómo la silueta del barco se materializaba desde la bruma. No hacía ruido. No se escuchaba el chocar de las olas contra su casco, ni el chirriar de la madera, ni las órdenes de la tripulación. Era un espectro navegante, deslizándose sobre el agua oscura como un cuchillo.
Cuando por fin amarró, Patricia pudo ver los detalles. La madera, aunque impecable, mostraba las cicatrices de mil tormentas y mares innombrables. Las banderas rojas no ondeaban, sino que se extendían en el aire quieto como lenguas de fuego solidificado. Y la sirena blanca del mascarón de proa… sus ojos de ébano parecían seguirla, conteniendo una tristeza milenaria.
No bajó un grupo, sino un solo hombre. Su rostro estaba tan curtido como la madera de su barco, y sus ojos guardaban la misma profundidad insondable que el océano en una noche sin luna.
—Has venido —dijo su voz, áspera como la arena mojada—. Pocos esperan. Menos aún perciben.
—Mi abuelo escribió sobre ustedes —respondió Patricia, alzando el cuaderno—. Dijo que La Esfinge no transporta carga, sino historias. Que no busca puertos, sino preguntas.
El hombre, a quien Patricia intuyó que era el capitán, esbozó una sonrisa leve.
—Tu abuelo era un hombre sabio. Sube. Tienes el tiempo que dure una marea.
La invitada no esperó una segunda llamada y empezó a ascender por la angosta rampa de embarque. A mitad de camino, un escalofrío recorrió su espina dorsal, como si penetrara en una cueva de montaña, seca y fría. La historia del barco, todo lo leído, pesaba ahora sobre sus hombros y la hizo casi trastabillar.
—Despacio, mujer. Sin miedo. Eres bienvenida —masculló el anfitrión.
Una vez en cubierta, lo siguió ascendiendo un par de escalinatas. No podía salir de su asombro: todo relucía con una limpieza impecable. Llegaron a la timonera y Patricia aceptó la invitación de sentarse en una de las butacas cerca del timón.
—Pues bien —dijo el capitán—. Estoy dispuesto a responder a tus dudas y a las conjeturas que tu abuelo, gran hombre y ducho lobo de mar, dejó escritas.
—¿Es verdad que en cada viaje se cambia la tripulación? Me resulta… inquietante.
—Son habladurías. Lo que sí es cierto es que no todos tienen las agallas para los trabajos que requiere la navegación.
—¿Y son ésos los que hacen que muchos puertos le prohíban atracar?
El capitán frunció el ceño. —Por lo que escucho, tus intenciones se tornan impertinentes. No debo aceptar este interrogatorio. Te he recibido únicamente por quien fuiste tu abuelo: el hombre que me dio trabajo, que fue mi subalterno, mi colega y, creo, mi amigo.
—Su actitud, quiérase o no, abre la puerta a la especulación —replicó ella—. ¿No le parece, mi intolerante capitán?
La tensión en la timonera se espesó como la niebla exterior. El capitán no respondió de inmediato. Sus ojos, pozos de profundidad oceánica, se clavaron en Patricia con una mezcla de irritación y curiosidad.
—Intolerante —repitió, dejando que la palabra flotara en el aire como un guante arrojado—. Tal vez lo sea. El mar no es un lugar para corazones blandos. Pero tu abuelo... él sí sabía cuándo callar y cuándo escuchar. Parece que la sangre es más espesa que el agua, pero la imprudencia también se hereda.
Se levantó y se acercó a la ventana, mirando la niebla inmóvil. Patricia contuvo la respiración, sintiendo que la oportunidad se le escapaba entre los dedos como arena de playa.
—No son los trabajos lo que prohíben nuestro amarre —dijo de pronto, sin volverse—. Es el precio de lo que cargamos. Los puertos, como las personas, prefieren ignorar ciertas verdades. Prefieren que algunos ecos se apaguen en la distancia.
—¿Ecos? —preguntó Patricia, suavemente, cambiando el tono de confrontación por uno de genuino interés.
El capitán se volvió. La tristeza de la sirena de ébano parecía reflejada ahora en sus ojos.
—Sí. Ecos. Resonancias. La Esfinge no transporta mercancías, ni siquiera historias completas, como creía tu abuelo. Eso era una metáfora que él, en su bondad, inventó. Lo que este barco recoge y lleva de puerto en puerto es el sonido de lo que fue y ya no es. Los susurros de los barcos hundidos, el último grito de los marineros que se perdieron en la tormenta, el rumor de las ciudades devoradas por el mar. Somos una gabarra de fantasmas acústicos, señorita. Una biblioteca de voces ahogadas.
Patricia sintió un nuevo escalofrío, pero esta vez no era de frío, sino de asombro. Las piezas encajaban. La tripulación cambiante, porque no cualquiera podía soportar escuchar ese coro de pesadilla. Los puertos que los prohibían, no por lo que hacían, sino por los recuerdos que podían despertar.
—Por eso el mascarón de proa es una sirena —murmuró, más para sí misma—. No es un adorno. Es una lápida. O una antena.
El capitán asintió lentamente.
—Ella canta, pero no para atraer a los marineros a su perdición, sino para atraer las voces. Las atrapa en su ébano y las guarda. Es nuestro faro silencioso en el mar del tiempo. Y los trabajos de los que hablan... son los viajes a los lugares donde el velo entre lo que es y lo que fue es más delgado. Donde el océano está dispuesto a soltar uno de sus secretos.
Se acercó a Patricia y extendió una mano callosa hacia el cuaderno.
—Él lo intentó. Quiso ser uno de nosotros. Escuchó el coro una sola vez, en las costas de Lyonesa. No pudo soportarlo. La locura de oír tantas vidas truncadas... Se retiró y escribió este diario para exorcizar los demonios, convirtiendo el horror en poesía. Por eso te recibí. Para que entiendas y cierres lo que él no pudo.
Patricia miró el cuaderno, luego al capitán, y finalmente hacia la proa, donde la sirena blanca seguía mirando hacia un horizonte invisible. No había más preguntas. Solo una comprensión profunda y un poco aterradora. El misterio de La Esfinge era más vasto y más triste de lo que jamás había imaginado.
—Estimado capitán, ha sido muy gentil al recibirme. Se lo agradezco profundamente —dijo por fin, con una voz que era casi un susurro—. Lo que he aprendido aquí... me gustaría contárselo a mi abuelo.
Una sombra de comprensión cruzó el rostro del capitán. Él también sabía que se refería a una lápida.
Patricia descendió del barco y la niebla se cerró tras ella, envolviendo de nuevo a La Esfinge en su leyenda. El barco y su tripulación de oyentes perpetuaban el mito, convirtiéndose en los únicos y silenciosos guardianes de un océano de voces que la tierra firme jamás querría oír.
*/*/*/*/*
Autores
Dra. Milagros Hernández Chiliberti (Venezuela)
Beto Brom (Israel)
///////
*Imagen de la WEB c/texto anexado
*REGISTR@DO
Comentario
Un excelente relato han logrado amigos Milagros Hernandez y Beto Brom. Felicitaciones y como siempre, afectos y saludos desde mi Caracas/Venezuela.
Carlitos, alegrón saber que gustaste de nuestro trabajito.
Un par de abrazotes van,,,,amigazo
Milagros y Beto
Estimados Beto y Milagros,
Un gran gusto adentrarme en esta lectura, interesante, intensa y atrapante.
Felicidades a ambos.
Saludos y bendiciones!
Agregado por Luis Lema Osores 0 Comentarios 0 Le gusta
Agregado por Luis Lema Osores 0 Comentarios 0 Le gusta
Agregado por Luis Lema Osores 0 Comentarios 0 Le gusta
Agregado por Luis Lema Osores 0 Comentarios 0 Le gusta
Agregado por Luis Lema Osores 0 Comentarios 0 Le gusta
Agregado por Ricardo villalobos florez 0 Comentarios 0 Le gusta
© 2026 Creada por Aimee Granado Oreña-Creadora.
Con tecnología de
Insignias | Informar un problema | Política de privacidad | Términos de servicio
¡Tienes que ser miembro de ORGANIZACION MUNDIAL DE ESCRITORES. OME para agregar comentarios!
Únete a ORGANIZACION MUNDIAL DE ESCRITORES. OME