CRISTO EN LA TORMENTA DEL MAR DE GALILEA

Las aguas iracundas

mecían la barca

donde Jesús y sus discípulos viajaban.

Las olas y sus afiladas crestas

enfurecidas se levantaban.

Pero la majestad de Cristo

amainó la tormenta.

Con su sola voz

le ordenó al mar

que se apaciguara

y las aguas obedeciendo

dejaron de rugir.

Los discípulos se sorprendieron

todos ellos faltos de fe;

¿Quién es este hombre

que hasta el mar le obedece?

pues más de una vez

Cristo resplandeció en su grandeza

y aún así no creían en su Rey.

La tormenta cesó

y se hizo un gran silencio,

porque mi amado Jesús

su poder demostró.

INGRID ZETTERBERG

De mi poemario

"Prado de lirios fragantes"

Derechos reservados

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