NOCHES BLANCAS / Luchino Visconti (1957)


Esta película de Visconti se basa en la novela breve de Dostoievski, del mismo título. Visconti sitúa su película en una ciudad italiana que recuerda vagamente a Venecia, por sus canales y puentes. El cineasta ha sustituido el San Petersburgo del escritor ruso para situar la obra en una ciudad del norte de Italia, y las noches blancas no tienen tanto que ver con la nieve como con ese curioso fenómeno de la noche del verano de San Petersburgo que dota al mundo de un luz tan irreal de un extraño poder: el de hacer permeables las cosas.
El espectador ve un pueblo con toda la apariencia de la realidad, y, sin embargo Visconti parece más fiel a la estética de un cineasta como Renoir que de sus compañeros de generación. No se aprecian diferencias entre el sueño y la realidad, al estilo de Jean Renoir, reivindicando un modelo de cine en el que las imágenes tuvieran la intensidad de los sueños y la verosimilitud de los hechos reales.
El film de Visconti que comentamos fue rodado en los estudios de Cinecittá, de Roma. No quiere contar una historia imposible, sino una historia común situada en una ciudad cotidiana y real, forjada por el director cineasta. Todo en ella es creación estética y ficticia: el agua, la nieve, el viento, la bruma que se extiende sobre las calles, y que hace utilizar a Visconti kilómetros de gasa que filtran la luz dirigiendo a sus personajes por un laberinto inasible.

Los personajes son Mario (Marcello Mastroianni) y Natalia (María Schell), que desarrollan un drama con acotaciones de misterio y fantasía, que se enmarca en una atmósfera irreal y onírica. El escenario está hecho de calles húmedas, desoladas, sombrías, con rincones lúgubres y extrañas construcciones ruinosas. Las noches son largas y frías. Pueblan el lugar prostitutas, chulos, noctámbulos y personajes que se ocultan en la noche.
En cuatro noches se produce el extraño diálogo entre los dos desconocidos que por azar se han encontrado un anochecer.
Si hacemos una comparación con la novela que sirve de fundamento argumental a la película, notaremos que se trata de monólogos intercalados entre los personajes. Mario es un hombre solitario que pasea sus pensamientos por la pequeña ciudad: es un ‘flaneur’ que recorre estos espacios desolados, macerando su tristeza, un soñador que busca de la felicidad del amor, y en sus delirios se figura que este encuentro significa el fin de su búsqueda.
Natalia se había enamorado de un inquilino de la posada donde vivía, pero su novio se marchó con la promesa de retornar un año después y encontrarse bajo el extraño resplandor de las noches blancas, sobre el mismo puente en el que la ve por primera vez el soñador, inclinada sobre el pasamanos. No viene el amante de Natalia y surge el encuentro con Mario. A partir de esa primera noche vuelven a verse y se enamoran.
La muchacha le cuenta su historia al inesperado acompañante, y cuando todo parece anunciar que terminarán juntos, el novio regresa y ella le sigue dejando a nuestro soñador con el recuerdo de su felicidad. Hay un momento bellísimo del film que es cuando comienza a nevar en el mismo momento en que Natalia se resigna a la espera del inquilino misterioso para entregarse a Mario. La magia que resplandece en esos pocos minutos de nevada es realmente sublime.
El papel del inquilino y novio de Natalia lo representa Jean Marais, el gran actor de obras cinematográficas antológicas.
Mario es idealista y no desea ensombrecer la felicidad de la muchacha.

El final de la obra lo constituyen las palabras del poeta soñador ilusionado con la posible felicidad. 
“¡Oh, nunca, nunca! Que tu cielo sea siempre claro, que tu dulce sonrisa brille siempre alegre y espontánea, y que Dios te bendiga por ese momento de suprema felicidad que supiste dar a otro corazón solitario y agradecido! ¡Dios mío, un instante completo de felicidad! ¿Acaso eso es demasiado poco para toda la vida de un hombre”.

 
Presenciamos una maravillosa magia y una lírica poesía que hace que cada escena sea memorable. Una historia que se regodea entre lo real y lo onírico, situada entre el neorrealismo de las primeras obras de Visconti y la depurada estilización de sus últimas obras cinematográficas.

Los actores de esta hermosa película han dejado para nosotros una muestra de versatilidad y entrega a sus personajes. Quiero destacar a María Schell, a quien dediqué un poema con motivo de su muerte en plenitud de vida.
He aquí el poema homenaje:
LA SONRISA DE MARÍA SCHELL
(Homenaje a su triste sonrisa, ante el dolor por su muerte)

Tu risa,
María Schell,
son lágrimas que sonríen.
No la risa de Marlene Dietrich en el burdel:
Rosa Frohlich, ángel sumiso y rebelde.
María Schell,
tu risa es angélica
en las noches blancas,
soñolienta en la calle solitaria,
al borde del puente que une a los amantes.
Suave y silenciosa,
reúnes, María Schell, todas las risas.
¿Cómo lloraba María Schell?
¿Cómo reía?
Tenían sus ojos color de llanto
aun cuando riese.
Como la triste felicidad de Blanche Du Bois
rodeada de sueños y delirios.
Siempre sonreías con ellas, María Schell,
cantabas su tristeza
y acompañabas a Justine Hosnani
en las calles de Alejandría.
Nunca diste la carcajada de Bacall,
mil veces la tenue sonrisa de Giulietta Massina.
Ibas de la gloria al espejo
para decir adiós, María Schell.

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Respuestas a esta discusión

¡Otra joya de película y de reseña, Alejo!

Gracias Visconti; gracias, Alejo...

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Ando revisando  cada texto  para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.

Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.

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