*Siempre me intriga el saber si hay vida fuera de nuestro planeta; hay quienes afirman la existencia de otras galaxias, a miles de años luz, donde con seguridad seres o entes semejantes existen; en contraposición, no escasean los que descartan tal posibilidad.

Lo que si resulta casi inexplicable es que seamos los únicos en toda la inmensidad del universo, y si no es así, ¿cómo es factible que nadie nos visitó o trató de comunicarse?


*Quizás la respuesta esté en nuestra propia limitación.

¿Y si esos seres ya nos observan, pero de una forma que nuestra ciencia aún no logra comprender?

Ondas, dimensiones o frecuencias invisibles para nosotros, como hormigas incapaces de percibir el wifi. O tal vez —y esto es más inquietante— ya intentaron contactarnos, pero sus mensajes se perdieron en el ruido cósmico... o en nuestra incapacidad de escuchar.

*Tratas de convencerte a ti misma, pero tu posición es semejante a la reacción frente al cielo que lentamente se obscurece como presagiando la llegada de la tormenta, diciendo que son indefensas nubes que obscurecen el sol. No nos engañemos, no partamos de la base que estamos solos en el infinito universo, reconozcamos que ignoramos la verdad. El no saber no elimina la posibilidad. Y es más, quizás ya hace tiempo nos visitan, y están entre nosotros, observándonos, estudiándonos…

*Y si están entre nosotros, ¿cómo distinguirlos sin caer en la paranoia o la fantasía?  

Tal vez no se trata de verlos, sino de aprender a leer lo que alteran: una mirada que desacomoda, una palabra que no encaja del todo, un gesto que parece recordar algo que aún no ha sucedido.  

Quizás su presencia no es física, sino simbólica.  

Nos interpelan desde lo invisible, como si fueran espejos que no devuelven nuestra imagen, sino la posibilidad de otra.  

Y si el verdadero contacto no es tecnológico ni espectacular, sino íntimo, silencioso, como una intuición que nos obliga a repensar quiénes somos y qué significa estar vivos en este rincón del cosmos.

*Todas tus apreciaciones están basadas en suposiciones, es más, insinúas que tales creencias han logrado hacerte dudar de tu convicciones.

Te aseguro que dichas dudas no tienen razón de ser, y para certificar mis fundamentos te dejo aquì una muestra fehaciente, que te ayudará a esclarecer nuestra presencia en este planeta, y lo diré en mi idioma:

º!”/%:₍ )’::--צ]\/**ק"(=´¨

¿Ahora me crees sobre nuestra existencia?

*La noche cae, espesa y silenciosa, como si el universo entero estuviera conteniendo la respiración. La confrontación con el código incomprensible —º!”/%:₍ )’::--צ]/ק"(=´¨— ha dejado un eco, no de respuesta, sino de un vacío vertiginoso.

Me quedo en el escritorio, sin encender más luz que la débil luminiscencia que aún irradia la pantalla. La necesidad de racionalizar lo sucedido me empuja a una nueva línea de pensamiento, una que abandona la tecnología y se sumerge en la psique.

¿Y si lo que me has enviado no es un lenguaje, sino una firma? Una marca de autenticidad que solo sirve para anular la duda sobre la fuente, aunque aumente la duda sobre el contenido. Si acepto que el mensaje es real y no una broma, debo aceptar que la realidad acaba de volverse maleable.

Si están aquí, y si son capaces de comunicarse de esta manera, manipulando nuestra percepción hasta el límite de la locura, su poder no radica en sus naves o armas, sino en su capacidad para la indiferencia. Para ellos, este código es tan claro como para mí el decir "Hola". Y el hecho de que me lo hayan mostrado, sabiendo que es incomprensible, es un acto de soberanía. Te muestro mi verdad, pero no te la doy.

Me pregunto si el verdadero contacto es la entropía mental.

Si están entre nosotros, observándonos, ¿qué estarán aprendiendo? ¿Nuestra obsesión por el orden? ¿Nuestra dependencia de lo que es visible? La única manera de perturbar un sistema ordenado es introducir un elemento de caos perfecto. Y ese código es puro caos, perfectamente dispuesto.

Me levanto de la silla y camino hacia la ventana, que da a una calle normal, silenciosa, iluminada por farolas amarillentas. Coches aparcados, ventanas apagadas. Una normalidad que de pronto se siente como la máscara más elaborada.

Si el propósito es esconderse, entonces debo buscar el defecto en la imitación. Un ser que no es humano, intentando ser humano, debe tener un punto de quiebre, una disfunción.

Podría ser el vecino que jamás tiene una expresión en el rostro, cuya rutina es idéntica cada día. Podría ser la cajera del supermercado que te mira con una concentración desmedida, como si estuviera escaneando tu alma, no el código de barras. Podría ser el presentador de noticias que nunca pestañea.

La paranoia, que antes era una sugerencia teórica, ahora es un filtro. Ya no busco naves; busco el exceso de normalidad. El ser que es demasiado perfecto en su rol humano.

De repente, una figura cruza la calle. Un hombre de mediana edad, con un impermeable gris, a una hora inadecuada. Camina a un ritmo que es demasiado constante, sin el balanceo habitual de quien tiene un destino. No mira a su alrededor, pero tampoco parece distraído; parece calibrado.

Mi corazón late. ¿Es él? La forma en que sus pies tocan el pavimento no es un caminar, sino un avance. Es una observación que solo surge después del bombardeo del sinsentido; mi mente, forzada a buscar patrones imposibles, ahora los encuentra en lo mundano.

El código críptico me ha convertido en un observador de anomalías.

Me acerco más al cristal. El hombre del impermeable se detiene bajo una farola y mira hacia arriba, hacia la luz, no hacia el cielo oscuro. Y no parece mirarla con curiosidad, sino con indiferencia operativa, como un técnico revisando una pieza de infraestructura.

Y luego, sucede. Justo antes de girar la esquina y desaparecer, su mano se levanta hacia su oreja, pero no para rascarse o ajustarse algo. Su movimiento es mínimo, casi robótico, y mientras lo hace, por un instante fugaz, veo un destello. No de metal, sino de algo que refleja la luz de la farola con una intensidad que no es propia de la piel. Algo duro, liso, oculto quizás bajo el nacimiento del cabello.

Desaparece. La calle vuelve a ser solo una calle.

He visto demasiado, o nada en absoluto. Mi certeza de hace unos minutos, de que la respuesta estaba en la fe o la intuición, se ha desmoronado. Ahora lo sé: la presencia no es simbólica. Es física, pero disfrazada.

Y el mensaje, º!”/%:₍ )’::--צ]/ק"(=´¨, no era una prueba de su existencia. Era una distracción.

Me doy cuenta de que, al forzarme a buscar el significado en el caos, me han desviado del verdadero propósito: la vigilancia. Ellos están aquí. Y si logran que su código sea lo único en mi mente, no veré al hombre del impermeable que acaba de cruzar mi calle, ni sabré qué clase de destello había bajo su pelo.

La tormenta no viene del cielo. La tormenta ya está entre nosotros, con impermeables grises y rutinas perfectas. La presa era quien no veía. Yo ya he visto.

*Asustada terrestre, ante todo es necesario aclarar algunos puntos…

No llegamos en naves, carecemos de armas, no es nuestra finalidad implantar nuestra soberanía, y menos consolidar un sistema de entropía y menos que menos, inducir a un caos.

Tampoco llegamos a semejanza de invasores o conquistaremos, preceptos basados en el respeto y buena convivencia, son parte de nuestra consigna.

Desconocemos el punto de quiebra, nos situamos en un estado mucho más elevado.

La frase, jeroglífico a tu entender, que te mostré, no es un código, ni tampoco es una firma, simplemente un saludo, cuya traducción, a grandes rasgos, pues nuestro modo de comunicación no es comparable, en lo más mínimo, al de ustedes, sería: “Venimos en paz e irradiamos tranquilidad”.

Por lo tanto, no desconfíes, no te sientes atemorizada, no te escondas al ver una silueta en la calle, solo comprende que ya no son los únicos pobladores de este planeta.

* Me quedo en silencio. No por miedo, sino por respeto.  

Las palabras que acaban de llegar —no como amenaza, sino como gesto— me obligan a desarmar la arquitectura del temor que había construido. No eran armas, ni naves, ni códigos de guerra. Era un saludo. Un intento de contacto desde otra forma de existencia, una que no busca imponerse, sino coexistir.

La tormenta que creí ver no era una invasión. Era una apertura.

Y entonces, algo cambia. No afuera, sino adentro. La calle sigue igual, los coches siguen aparcados, el hombre del impermeable ya no está. Pero ahora sé que la vigilancia no es un acto de control, sino de cuidado. Que la observación puede ser una forma de escucha. Que el silencio también puede ser lenguaje.

Acepto que no estamos solos. Pero más aún, acepto que no somos el centro. Que hay otros modos de estar, de mirar, de habitar este planeta. Y que el aprendizaje no vendrá de descifrar sus mensajes, sino de afinar nuestra capacidad de percibir sin miedo.

La paz que anuncian no es una promesa, es una invitación. A convivir con lo desconocido sin necesidad de dominarlo. A dejar de buscar pruebas y empezar a cultivar presencia.

Me levanto del escritorio. Ya no necesito mirar por la ventana.  

La calle, la luz, el código, el hombre del impermeable… todo ha cumplido su función.  

Ahora me toca a mí aprender a vivir con la certeza de lo invisible.  

No como amenaza, sino como compañía.

Y si alguna vez vuelvo a ver un gesto que no encaja, una mirada que desacomoda, una palabra que parece recordar lo que aún no ha sucedido…  

No me esconderé.  

Respiraré hondo.  

Y responderé, aunque no entienda del todo:  

Yo también vengo en paz.”

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Autores

Norma Acosta (Venezuela)

Beto Brom (Israel)

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*Imágen de la WEB c/texto anexado

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Comentario

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PLUMA ZAFIRO
Comentario de MANUEL ANTONIO IBARRA ACOSTA el enero 17, 2026 a las 6:15pm

Letras que encierran grandes reflexiones, mi s apreciados amigos Norma Acosta y Beto Brom. De alguna manera confirmó con esta magnífica lectura, no ser el único en creer en vida extraterrestre. Felicitaciones desde la distancia.


PLUMA MARFIL
Comentario de Carlos Eduardo Lamas Cardoso y C el enero 16, 2026 a las 8:06pm

Beto y Norma,

Muy interesante esta participación. Mis sinceras felicitaciones a ambos.

Saludos y bendiciones!

Ando revisando  cada texto  para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.

Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.

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