El día en el campo no avanza por las manecillas de un reloj, sino por el pulso de la tierra. Para don Silvestre, la jornada comenzaba cuando la madrugada aún era un manto oscuro salpicado de estrellas. Antes de que el sol asomara en el horizonte, el aroma a café de olla con canela ya inundaba la cocina. Don Silvestre se ajustaba el sombrero de tres pedradas, se calzaba las botas y salía al patio, donde el aire fresco de la mañana le limpiaba los pulmones.
​Caminó hacia el corral con el freno y la cuarta en la mano. Ahí lo esperaba el Azabache, su caballo fiel, un animal de capa oscura y mirada inteligente que relinchó suavemente al reconocer los pasos de su amo. Don Silvestre lo palmeó en el cuello con cariño, le colocó la silla charra y ajustó el cincho con la destreza que dan los años. Al hombro llevaba ya su reata de lechuguilla, lista para cualquier faena.
​Su primera tarea era en el potrero. Al abrir las trancas, el ganado comenzó a moverse con parsimonia, respondiendo a los chiflidos familiares del viejo campirano. El tintineo de los cencerros y el eco de los cascos del Azabache sobre la tierra seca rompían el silencio del amanecer. Ver a los animales pastar en libertad, bajo el cielo que empezaba a teñirse de rosa y oro, le devolvía a don Silvestre una paz que ningún dinero en el mundo podía comprar.
​A media mañana, el camino lo llevó bordeando la milpa. Se detuvo un momento a contemplar la siembra. Las cañas de maíz se levantaban orgullosas, altas y verdes, entrelazadas con las guías de las calabazas y el frijol que buscaba el sol. Para don Silvestre, la milpa era un templo sagrado. Al tocar una de las hojas ásperas, recordó las palabras de su padre: "La tierra no es nuestra, Silvestre; nosotros somos de ella. Si la cuidas, ella nunca te dejará con las manos vacías" .
​El mediodía cayó con toda su fuerza, y el calor hacía vibrar el horizonte. Don Silvestre buscó la sombra de un viejo mezquite para refrescarse con el agua de su guaje. Desde ahí, contempló la inmensidad del paisaje: el cerro al fondo, el vuelo circular de un gavilán y el susurro del viento entre los matorrales.
​Al caer la tarde, cuando el sol se escondía pintando el cielo de rojos y violetas, don Silvestre regresó al calor de su hogar. Mientras desensillaba al Azabache y lo dejaba descansar, miró sus propias manos: gastadas, llenas de surcos, idénticas a la tierra que labraba.
​Vivir rodeados de la Madre Naturaleza es recordar, a cada segundo, lo que verdaderamente importa. En el vaivén de la milpa, en la nobleza del caballo y en el silencio del potrero, don Silvestre encontraba una riqueza que las grandes ciudades han olvidado, la fortuna de respirar aire limpio, de comer lo que se siembra y de dormir con la conciencia tranquila bajo el arrullo de los grillos. La naturaleza no solo nos da el sustento; nos ofrece un espejo para el alma, recordándonos que la belleza más pura radica en la sencillez, el respeto y la gratitud por la vida que late a nuestro alrededor.
Autora: Ma Gloria Carreón Zapata
@copyrigth
Imagen de Google

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Comentario

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PLUMA MARFIL
Comentario de donato perrone el julio 20, 2026 a las 9:07am

Un placer leer tan significativa historia ... felicitacones y gran abrazo -- abrazo desde Mendoza  ---


PLUMA MARFIL
Comentario de Carlos Eduardo Lamas Cardoso y C el julio 15, 2026 a las 8:55am

Estimada escritora Ma gloria.

Antes que nada un gusto saludarle.

Como siempre, su historia está muy bien elaborada y nos remite

a nuestro campo y nuestros hombres.

Saludos y bendiciones!


PLUMA ÁUREA
Comentario de Beto Brom el julio 14, 2026 a las 5:23pm

He deleitado conociendo bien de cerca a Don Silvestre, por medio de tu excelsa pluma.

Gracias por compartir, amigaza

Van abrazotes....


ADMINISTRADOR
Comentario de Natuka Navarro el julio 14, 2026 a las 9:44am

Qué belleza de relato nos regalas hoy, mi queridísima Gloria. Leer la historia de don Silvestre, sentir el aroma de ese café de olla con canela y escuchar el trote del Azabache en medio del potrero ha sido como respirar aire puro en esta tarde.

Has retratado con una sensibilidad exquisita la verdadera riqueza, esa que no se compra con dinero y que radica en el respeto y la comunión absoluta con la tierra. Tus palabras son un espejo hermoso para el alma y un recordatorio de que la felicidad vive en la sencillez. Te agradezco en el alma que compartas esta joya tan preñada de vida y de verdad en nuestro rincón. Te mando un abrazo gigante, fraterno y lleno de mi más sincero respeto, compañera de letras.

Natuka Navarro - Luna Poetiza

Ando revisando  cada texto  para corroborar las evaluaciones y observaciones del jurado, antes de colocar los diplomas.

Gracias por estar aquí compartiendo tu interesante obra.

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